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2 Agosto 2007

O Grove:paraíso de la censura y la corrupción urbanística


O Grove: en busca del tiempo perdido

Nota del autor: El presente artículo fue editado en el "Faro de Vigo" el día diez de septiembre de 1989, ganando un mes más tarde el "Premio Periodístico Festa do Marisco 1989", convocado por el Ayuntamiento de O Grove. El jurado estaba constituido por Gonzalo Torrente Ballester, Manuel Lueiro Rey e Hipólito de Sá.

Andrés estaba como ausente, perdido en la ensimismada contemplación de la dársena vacía del puerto holandés de Rotterdam. Sentado en la popa del mercante, montaba la guardia de cuatro a ocho de la madrugada. Sus ojos, de un gris metálico, observaban con indiferencia el prolongado silencio de un mar brumoso y un cielo plomizo. Una lluvia fina y menuda se iba depositando sobre los muelles, las grúas y los barcos que esperaban el despertar del nuevo amanecer otoñal para continuar nuevamente sus faenas portuarias. LLlevaba trabajando de contramaestre en la compañía holandesa hacía más de diez años. Acababan de llegar del Golfo de México con maíz, de Nueva Orleans, y en sólo veinte horas de descarga, el buque quedaría liberado para de nuevo surcar el Atlántico y comenzar así otra nueva singladura. Para combatir el húmedo y desapacible frío del amanecer de Rotterdam, Andrés extrajo del bolsillo del chaquetón una botella de petaca llena de caña blanca. Aquel mañanero trago de oruxo le quemó las entrañas y le hizo recordar precipitadamente la fecha en la que se encontraba; allá, en la borrosa distancia oceánica, en una pequeña villa marinera llamada O Grove celebraban ese mismo día a Festa do Marisco. El lingotazo de aguardiente, además de servirle para caldearle los huesos entumecidos por la humedad fluvial, también le servía para estimular su imaginación, y mentalmente, a través de la bruma del amanecer norteño, lentamente fue trasladándose de forma melancólica al encuentro de las dormidas raíces de su lejana infancia. Aquel mismo otoño cumpliría los cuarenta años; atrás, muy atrás quedaba su niñez salpicada de salitre, de orballos grises e imperecederos, de múltiples vivencias, de dispersas imágenes que lo ataban al pasado, a la geografía de los sueños para refrescarle la memoria de un tiempo perdido. Le hubiera gustado entornar los párpados, y nuevamente encontrarse en la playa de Rons, allí en el mismo lugar donde por primera vez en su vida contempló el gran circo del mundo con los ojos llenos de asombro. En una de aquellas herrumbrosas casas de marineros había nacido entre el cotidiano rugido de las tormentas y el silencioso ruido de la lluvia gris enmarañada de hastío. Vívidamente se vio, se reconoció caminando descalzo sobre la arena mojada, sobre las piedras rojizas, sobre los campos de maíz. Nuevamente sintió en su cansado cuerpo, el tumulto de las olas, la fragancia de la tierra oliendo a salitre, a algas marinas, a conservas en salazón. La habitación donde dormía miraba hacia la mar glauca, ambarina y opalescente de Galicia; ese mar a veces triste, a ratos cruel, pero casi siempre justo y equitativo con los marineros que lo frecuentan en el día a día de la pesca de bajura. Andrés recordaba su habitación oliendo a mar y manzanas ; recordaba el gemir del viento, el estampido de las mareas barriendo la playa preñada de algas marinas; los encorvados cuerpos de las mujeres vestidas de negro, de las ameixeiras, arrancando de los arenales de Rons su incomparable marisco, sus deliciosos vivalvos, tan apreciados dentro y fuera de Galicia.

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